AZAHADA LINDA
Tengo sangre real pues nací en un castillo. Heredé de mi madre la melancolía.
Ella, reina fue, por entristecimiento. Reina habilitada en hábito de reina: El par de amantes, el foso hediondo, la locura en su eterno amago de irse del hervidor entre las almenas, los altos muros y, sobre todo, su huerto ensombrecido. Yo nací en tal castillo.
De los dos amantes que mi madre tuvo, como el par ya es barullo, nunca supo decirme quién fue mi padre. Fuera quien fuera, la gravedad no está en la duda está en la certeza de saberme en todo caso fruto de un híbrido amor entre herramientas.
De inicio mi azada madre se amancebó con un bruto cantero llamado Mallo de Vidia. Más dotado para el quebranto que para el requiebro: “Se por qué callas, azada atopolinada de atopolinado huerto, hozándolo con tanto afán la tierra mojada te empapuza, así que asiente con el culo, con la espalda o con la nuca, si conmigo te casas, si conmigo te ayuntas, elige pedrusco que yo te lo fileteo en lajas, y así será que te adornes con peinetas de lujo, mondará tu boca eficacísima espátula, y para tu huerto un muro a prueba de alimañas”.
El otro amante fue un feo prospector doblemente narigudo, que decía saber cavar y querer profundamente: “Linda hortelana hacendosa que buscando pepitas haces hermoso tu huerto y te dejas la espalda, por hondo que esté yo pongo a tus pies lo que es obvio que está bajo tus plantas, para ti del subsuelo la roca madre del oro, contra el pillaje en tu huerto una zanja”.
Y a la astuta hortelana egoísta le divierte y le interesa que los dos mozos compitan: Fue creciendo la pared hasta hacerse castillo. Agua dulce para el foso y dulces cocodrilos (la parejita).
Yo nací en tal castigo de la sangre, hija de la azada común y de alguno de sus dos amantes, soy La Cavona, y encarno la conseja de esta fábula: Tan para todo y tan para nada. Entre las lechugas resulto machorra, frente al pedernal amanerada.
Soy la suma inestable y el fiestón exclusivo de los alelos dominantes, soy como el mulo fruto de un hibridaje.
P.R.B.
Fruto de tres simpatías:
1ª) Simpatía por la cavona, azada de peso, fuerte, formal y roquera -roquera, en cuanto que le gustaba sacudirle cogotazos a las piedras-. De hoja cara caballo que no concibe otro cavar que el cavar en hondura, cogote prominente a modo de boca de martillo cantero, ojo para mango gordo, y mango que solo estará en buenas manos si éstas son anchas y callosas. Azada especialista en romperle el recio pellejo al monte y sacarle los untos, quiero decir, sacarle unos bien cortados y gruesos sillares de tierra, en lo que es el comienzo de la construcción del viejo vallado de antaño. Vallado sin más medios que el trabajo humano y la propia tierra: zanja que se ahonda a la par de mota que se eleva. La cavona, la gran valladora y labradora de cierros, y la gran valladora y plantadora de eucaliptales. O, sirviéndonos de la sonoridad de cierto verbo actual, podríamos decir que fue la gran perimetradora de cierros y eucaliptales. También decir que estuvo en la guerra, siendo, posiblemente, una de las últimas herramientas agrícolas movilizadas para tal desgracia. Colaboró indistintamente con rojos y azules, pero, al menos, muy lejanas ya las guerras medievales, lo hizo en calidad de herramienta y no en calidad de arma golpeadora. Si es usted de ese tipo de trabajadores que tienen arranque de caballo andaluz y parada de burro manchego, ésta es su herramienta, pues ella aguantará con holgura cualquiera que sea su fiero envite inicial, y, cuando se produzca el vergonzoso declive, el peso de ella le servirá como excusa.
2ª) Simpatía por el espontáneo, natural y básico surrealismo de animales y cosas que se expresan en primera persona. Ese coche en venta que en un cartel pregona: “Me venden”.
Y 3ª) Simpatía por la literatura oral y los didácticos audiocuentos ilustrados que los ciegos llevaban de pueblo en pueblo para gentes que en su mayoría no sabían leer, lo cual sigue teniendo vigencia no más cambiando felices analfabetos por felices comodones







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